Israel no solo bombardea casas.
También borra vidas enteras. También arrasa memoria, cuidado, comunidad y futuro.
Mona Khalil tenía 76 años. Durante más de 25 años dedicó su vida a proteger a las tortugas marinas en Mansouri, al sur del Líbano. La llamaban la guardiana de las tortugas. Había convertido su casa, su playa y su existencia en un refugio para la vida, incluso en medio de guerras que otros decidían desde despachos, cuarteles y televisiones.
El 4 de junio, un ataque israelí alcanzó su vivienda. Mona quedó gravemente herida. Días después murió.
Israel dirá que no era el objetivo.
Siempre dicen eso.
Que no era el hospital. Que no era la escuela. Que no era la niña. Que no era la periodista. Que no era la familia. Que no era la anciana que cuidaba tortugas.
Pero Mona Khalil está muerta.
Y cuando un Estado bombardea una casa y mata a una mujer de 76 años que dedicó su vida a proteger animales marinos, no hablamos de un “incidente”. No hablamos de un “daño colateral”. No hablamos de una frase fría en un comunicado militar.
Hablamos de asesinato.
Israel asesina cuerpos, pero también asesina lo que esos cuerpos sostenían: redes de cuidado, proyectos de vida, territorios protegidos, vínculos con la tierra, con el mar, con las criaturas que no tienen bandera ni ejército.
Mona cuidaba tortugas.
Israel lanzó bombas.
Esa es toda la diferencia moral que hace falta entender.


0 Comentarios