Toros sí, bomberos no: la cruel ecuación de los municipios quemados

 

Mientras las llamas devoraban miles de hectáreas en Ávila, Madrid y Toledo, una comparación escalofriante ha salido a la luz. Los consistorios de los municipios más afectados por los incendios de la pasada semana destinaron cifras millonarias a espectáculos taurinos, mientras que la inversión en prevención de incendios fue, en muchos casos, testimonial.


Las cifras son tozudas. En Burgohondo, origen del devastador incendio, el gasto en festejos taurinos alcanzó los 135.000 euros, mientras que la partida para prevención de incendios apenas superó los 9.500 euros. El contraste se repite en Sotillo de la Adrada: 320.000 euros para el sufrimiento animal frente a 25.000 para proteger los montes. En Las Navas del Marqués, la diferencia es de 380.000 euros en toros frente a 35.000 euros en seguridad forestal. San Martín de Valdeiglesias, en Madrid, destinó la friolera de 480.000 euros a espectáculos taurinos, mientras la prevención de incendios se quedó en 42.000 euros.


Prioridades en llamas


Esta desproporción no es fruto de la casualidad, sino de una elección política. Los ayuntamientos, especialmente los gobernados por fuerzas conservadoras, han priorizado durante años el ruido de las peñas y el folklore taurino por encima de la seguridad de sus vecinos y la conservación de su entorno natural. Al fin y al cabo, los toros dan votos y titulares; los cortafuegos y las brigadas forestales no salen en las fotos de las fiestas patronales.


La falta de recursos para prevención se ha convertido en un lujo criminal. Cuando el operario de una excavadora provocó la chispa que desató el infierno en la sierra de Gredos, los municipios afectados carecían de los medios y la planificación necesaria para actuar con rapidez. La maleza acumulada, la ausencia de cortafuegos y la falta de inversión en equipos de extinción han sido una bomba de relojería.


La crueldad como prioridad


Más allá de lo económico, está lo ético. ¿Cómo es posible que una comunidad que se precie destine cientos de miles de euros a torturar animales mientras descuida la protección de su patrimonio natural y la vida de sus ciudadanos? La tauromaquia, además de un espectáculo cruel, se ha convertido en un símbolo de una política miope que antepone el lucimiento festivo a la gestión del riesgo.


Mientras los montes arden y los vecinos son desalojados, los ayuntamientos deberían dar explicaciones. La próxima vez que se celebre un festejo taurino en estos municipios, no deberíamos ver solo el sufrimiento del animal en el ruedo, sino la falta de previsión que permitió que el infierno devorara sus bosques.

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