Hay lugares que parecen hechos para el verano, con su agua quieta, montañas de postal y esa sensación de «estoy donde tengo que estar». En el Día Mundial de la Naturaleza, los ibones de Anayet, en el Pirineo aragonés, vuelven a estar en el centro de la conversación, no solo por su belleza, su calma y unas aguas cristalinas que en redes se han convertido en reclamo, sino porque un chapuzón puede convertirse en un terremoto biológico.
Por eso, con la llegada del buen tiempo, llega también un aviso que rompe la idea de «barra libre» en la montaña donde el Anayet no es una piscina. El Gobierno de Aragón ha prohibido el baño de forma permanente y ha restringido la acampada en los ibones entre el 21 de junio y el 21 de septiembre. El objetivo es sencillo de entender, quieren proteger un lugar muy frágil, de gran valor natural y paisajístico, donde viven especies vulnerables y donde hay turberas, zonas húmedas que funcionan como una esponja natural y tardan muchísimo en recuperarse si se dañan.
Un paraíso pirenaico
Los ibones son pequeños lagos de origen glaciar situados en el Pirineo aragonés, normalmente por encima de los 2.000 metros. Se formaron hace miles de años y conservan aguas de gran pureza, a menudo congeladas en invierno. Precisamente esa pureza —lo que hace tan espectacular la foto— es también lo que los vuelve más delicados ante cualquier alteración.
Esa fragilidad explica la medida. Rocío López, directora del Departamento de Ciencias Agrarias y del Medio Natural de la Universidad de Zaragoza, resume que «se trata de un ecosistema tan frágil que necesita ser protegido». Anayet está catalogado como un espacio singular y alberga especies muy sensibles, como la rana pirenaica o el tritón. Según la profesora, son animales que dependen de un agua limpia y estable, y cualquier cambio puede afectar a su salud y a su reproducción al estar en peligro de extinción.
Además, no es la primera vez que Aragón toma decisiones parecidas. El baño ya está prohibido en cualquier masa de agua dentro del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. El problema, apunta López, es que «la gente a veces o no lo sabe o no lo respeta». Y cuando un lugar se vuelve popular, los incumplimientos se multiplican.
Un delicado ecosistema
El impacto de los bañistas puede explicarse en dos planos. Por un lado está la “invasión química”: crema solar, repelentes, productos para la piel y también sustancias que llevan los animales. «No somos conscientes de que la crema de sol o los productos que aplicamos a nuestros perros pueden alterar el ecosistema acuático», señala. Las pipetas o collares antiparasitarios contienen insecticidas potentes y si sirven para eliminar garrapatas o pulgas —muy resistentes—, es fácil imaginar lo que pueden provocar en organismos acuáticos que nunca han estado expuestos a ese tipo de compuestos.
Por otro lado, está el componente biológico. Las personas podemos llevar con nosotros hongos y bacterias a los que somos resistentes, pero que pueden tener efectos graves sobre animales y comunidades del agua. En un ecosistema pequeño y aislado, como el de un ibón, introducir microorganismos nuevos puede convertirse en un problema serio, incluso aunque el baño parezca algo «inofensivo».
El problema no es solo una persona
Una foto o un «remojón» no destruyen un ecosistema por sí solo. El riesgo aparece cuando ese gesto se repite cientos o miles de veces. Para la profesora, las redes sociales tienen «un impacto muy importante» en el turismo porque ponen a mucha gente «sobre la pista» de lugares que requieren protección. En su opinión, el problema no es tanto que se comparta naturaleza, sino cómo se comparte.
Por eso lanza una idea directa a quienes tienen muchos seguidores y es “cambiar el mensaje”. Menos «este sitio es espectacular» y más «respeta la normativa», «no te bañes si está prohibido» o «no salgas del sendero». En resumen, convertir el contenido viral en contenido responsable, para que la belleza no se convierta en desgaste.
¿Una medida efectiva?
La norma lleva apenas unos días en vigor, y su eficacia real se verá cuando llegue el verano y aumente la afluencia. Para Rocío López, la decisión es «esencial» si se quiere proteger un entorno con una flora y fauna tan delicadas. Ahora bien, insiste en que no basta con poner un cartel, ya quela clave es «combinar vigilancia, información y educación ambiental».
La profesora explica con claridad que «no es solo vigilancia, es información; es explicar por qué un tritón o una rana se va a poner enferma si perturbas su hogar».
En otras palabras, las normas funcionan mejor cuando se entienden. Y, al final, la pregunta que queda para el aula no es solo qué está permitido, sino qué estamos dispuestos a cambiar para que lo natural siga siéndolo


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