Cambio climático: el riesgo de desertificación amenaza al 70% de la provincia de Zaragoza
Los veranos son cada vez más cálidos y los invierno menos lluviosos. El 40 % del territorio de España está en proceso de desertificación a causa de la actividad humana, ya sea por factores agrícolas, ganaderos o por turismo, según el primer atlas sobre este fenómeno elaborado por varias decenas de científicos de universidades y centros del CSIC con el objetivo de ser un documento útil para los gestores políticos del país. En Aragón es la provincia de Zaragoza la más afectada con amplias zonas de su superficie en el que este porcentaje de riesgo ascienden hasta el 70%.
Los resultados obtenidos indican que en el resto de España la degradación abarca el 43,3% de los municipios y que la desertificación afecta al 60,9 de las zonas áridas, es decir, un total de 206.203 del poco más de medio millón de kilómetros cuadrados de superficie del país. Ahí es donde el eje del Ebro muestra peores resultados debido a su elevado índice de erosión.
El doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza, Miguel Ángel Saz, señala que el informe se ha realizado con mucha colaboración académica y científica corroborando los diferentes estudios que se están realizando. Así, desde el departamento de Ordenación del Territorio señalan que aunque el cambio en el clima no está reduciendo significativamente las precipitaciones en las regiones del noroeste estas sí que se están acumulando en forma de tormentas cada vez más intensas, un fenómeno que intensifica la erosión de los suelos, un paso previo para la desaparición de las condiciones vegetales que permiten su regeneración.
De esta forma en la provincia de Zaragoza confluyen circunstancias similares a los territorios más vinculados al clima desértico de la península Ibérica como puede ser la provincia de Almería. «Por culpa del cambio climático provocado por el hombre, el cielo ha dejado de saber llover según se dice popularmente», indica el investigador. Esto hace que las sequías sean cada vez más frecuentes e intensas, generando «una predisposición física y meteorológica» del territorio hacia la desertificación. A esto se suma el uso intensivo del suelo en determinados espacios agrícolas de secano y que las zonas boscosas se enfrentan a una gran degradación ambiental.
Para Saz, el cálculo de que el 70% de la provincia zaragozana esté en riesgo de desertificación implica que, de no actuar y mantenerse las condiciones actuales, esa proporción del territorio «corre el peligro de perder su suelo favorable para la agricultura o para los sistemas forestales y arbustivos».
El informe avanza una desaparición del suelo orgánico dejando una capa de roca (sean calizas, yesos o margas) expuestas en la superficie. «Sin esa capa intermedia, es imposible que se desarrolle la vida vegetal», resumen. Mientras tanto, en provincias como Huesca o Teruel la situación es distinta por su geografía, aunque comparten problemáticas en zonas específicas de uso intensivo y bajas precipitaciones, como el Bajo Cinca, el Jiloca o el Bajo Aragón, donde también es necesario vigilar estos procesos a pesar de que la superficie afectada no sea tan extensa.
Despoblación
La afección de esta desaparición de los terrenos cultivables ofrece un reto político de primer orden vinculado a las políticas contra la despoblación, sobre todo porque aunque la hiperindustrialización agraria puede contribuir al agotamiento del suelo el sector agrícola es el primer interesado en evitar esta degradación.
«La intervención tiene que llegar desde todos los frentes, pues los agricultores no pueden evitar las sequías, ni las posteriores lluvias torrenciales que, al caer sobre un terreno ya sensible, arrastran la capa fértil en un proceso devastador», indican desde la universidad. Los datos indican que en Zaragoza el 29% de la superficie se encuentra en buen estado, un porcentaje que en Teruel se eleva al 57% y en Huesca, la provincia aragonesa con menor riesgo se eleva al 64%.
El estudio presentado el pasado mes de noviembre señala igualmente que factores como los incendios forestales agravan drásticamente el riesgo de desertificación. «Al desaparecer la cubierta vegetal el suelo queda totalmente desprotegido frente a la erosión, por eso, tras un incendio, los ríos suelen bajar negros, transportando no solo ceniza, sino la propia tierra», recuerda Saz.
El investigador considera que la pérdida de la cubierta vegetal tiene muchos más riesgos de los que pueda parecer porque la formación de un suelo fértil «es un proceso extremadamente lento que puede tardar siglos». Por eso mismo, advierte que bajo condiciones ambientales «tan duras como las aragonesa» en muchas ocasiones «es prácticamente imposible que vuelva a regenerarse».


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